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sábado, 7 de agosto de 2010

Flores en Invierno (parte II)

Una mezcla de frío y asco me obligó subir el vidrio; Frío por el helado viento costero que se colaba por la ventana y asco por el penetrante olor de la gracia de Tomás.

El perro y su plasta, la plasta y su perro, ambos dando forma al más bizarro de los poemas vivientes.

-Shhhh, la cagaíta que se mandó el perro, weón - Dijo entre risas el chofer mientras sintonizaba la cumbia romanticona del momento para capear la espera. El auto ni hablar de moverse.

Quizá fue el olor de mis flores, quizá el amor a primera vista que sintieron el uno por el otro, quizá fue producto del frío o simplemente de la estupidez, no sé, vaya alguien a saber que pasaba por la cabeza del perro cuando de un único brinco se zambullió en su mojón perruno. Vueltas y vueltas daba el ahora encacado Tomás por la acera, revoloteaba por su caca como el más pintoresco de los pajarillos de cuentos en su pileta. De pelaje blanco y manchas café parecía una pequeña vaca canina con olor a mierda.

Las trompetas de Américo llenaban el colectivo. El chofer silbaba la canción y la chica a su lado se miraba las puntas del pelo. Imbéciles, pensé. ¿Cómo pueden perderse tan magno espectáculo?.

Afuera, Tomás lucía con orgullo sus nuevas manchas fecales, parecía un milico viejo mostrando sus medallas a los clases más jóvenes. La gente lo evadía. ¡Sale perro culiao! le decían los más hirientes, pero Tomás no estaba ni ahí con sus descalificaciones. Cada loco con su cuento: Ellos con sus pantalones ajustados y aros brillantes de luca, yo con mis flores y Tomás con su caca.

De repente algo magnífico sucedió, fue como volver a nacer. Créalo o no...EL COLECTIVO SE MOVIÓ!!!. Avanzamos y avanzamos hasta que Tomás se nos perdió de vista para siempre. Tuve sentimientos encontrados: Estaba alegre porque por fin llegaría a mi destino, pero el no saber más del perro que alegró mi involuntaria estadía frente al Bellamar me puso un poco nostálgico.

En el pasaje por favor. Primero bajé yo, luego saqué el arreglo floral. No se marchitó ninguna.

¡Aló! grité fuerte, con una hora y media de retraso. Ella salió enojada, pero no dijo nada al ver lo que llevaba entre mis manos.

-Amor, perdón por el atraso. No creí que fuera tan difícil conseguir flores después de un día de lluvia.